BRUCH 1

La “Sinfonía Nº 1 en mi bemol mayor” Op.28 empezada en Coblenza, fue terminada al principio del verano de 1868 en Sondershausen. Se estrenó el 27 de julio de 1868 con la orquesta local dirigida por el propio compositor. Dedicó la obra a su amigo Johannes Brahms. La sinfonía se presentó en Viena el 20 de febrero de 1870 dirigida por Otto Dessoff, obteniendo un gran éxito.

Está orquestada para un conjunto clásico de cuerdas, maderas duplicadas, cuatro trompas, dos trompetas, tres trombones y timbales. Toma como modelos a Beethoven y Mendelssohn, confeccionando una obra que no quiere saber nada de las modernidades de la época.

El primer movimiento allegro maestoso, empieza presentando su amplio tema principal en trompas y fagots antes de pasar a la orquesta. Un solo de clarinete seguido de una melodía en las cuerdas presenta el resto del material. Sigue un clásico desarrollo de los temas que nos conduce hasta una dramática reexposición del tema principal. Después de repetir el tema secundario termina con una coda concluyente.

El scherzo se basa en un agitado tema danzante con referencias a Beethoven. El trio contrasta por su intenso melodismo de rasgos agradables y tintes folclóricos. En el retorno al scherzo variado, emplea claramente las líneas de Mendelssohn, mezclando el tema del trio con el del scherzo.

Sigue un grave, subtitulado por Bruch como quasi fantasia. Un amplio tema melódico presentado por la cuerda a la que se une seguidamente la madera, continúa con diversos solos instrumentales en su parte central, antes de ser tomado nuevamente por la orquesta. Este corto movimiento se encadena con el siguiente, sin pausa, como si fuera una especie de introducción.

El movimiento final allegro guerriero presenta el agitado tema principal en forma de marcha, contrastando con el secundario, un hermoso tema melódico interpretado por el clarinete y trompa. El desarrollo está basado en el contraste de los dos temas. Después de la reexposición el tema de la marcha conduce la obra a la coda final.

El éxito conseguido por su primera sinfonía le indujo a escribir seguidamente una segunda. Pero esta vez las cosas cambiarían. No se repitió la buena acogida de la anterior, a pesar de ser una obra mucho más personal.