PETTERSSON 7

La “Sinfonía Nº 7” fue compuesta entre 1966 y 1967, a continuación de la anterior. Se estrenó el 13 de octubre de 1968, interpretada por la Orquesta Filarmónica de Estocolmo dirigida por Antal Dorati, durante un concierto de la serie Musik för ungdom (Música para la Juventud). El éxito fue extraordinario, convirtiéndose pronto en su sinfonía más interpretada.

Pettersson cuya salud estaba muy debilitada fue obligado a salir para saludar en cuatro ocasiones, una vez terminada la interpretación. Aquella era la última vez que podía asistir personalmente al estreno de una de sus sinfonías. Pero no fue el público habitual de las formas sinfónicas quién apreció más su música, sino los jóvenes presentes en el concierto. En una época en plena revolución juvenil como en todo el mundo occidental, recordemos el mayo de 1968, comprendieron el cambio que aquella música representaba con toda su fuerza emotiva.

PETTERSSON S 7Al día siguiente uno de los periódicos más importantes de la capital sueca escribía las siguientes frases: en la noche del domingo, hemos podido ser testigos de un acontecimiento que no se repetirá durante mucho tiempo. Un gran compositor sueco se presentó al público, se escuchó su música y se le dio la categoría de uno de los grandes compositores suecos.

Once meses después de su estreno la sinfonía fue grabada por el propio Dorati, obteniendo un éxito mundial. Esta obra hará conocer el nombre de Pettersson en los Estados Unidos, en Alemania y en todos los centros culturales del mundo. Con su música la coreógrafa Birgit Cullberg, figura de la danza contemporánea, crea el ballet Rapport.

Como en sus anteriores sinfonías, consta de un único gran movimiento, formando un bloque compacto indivisible. Una obra que se hace difícil de analizar pero que su audición crea una gran emoción. Una música de expresión directa basada en poco material temático. La sinfonía empieza con una sección sombría interpretada por los bajos, clarinete bajo, fagot y violas. La música va amplificándose, tomando energía. El origen del tema principal es presentado sombriamente por los trombones y la tuba. Su característico desarrollo es conducido a través de frases repetidas formando un bloque inexpugnable, imposible de analizar siguiendo los métodos tradicionales. Los ritmos característicos de marcha fúnebre acompañan a muchas de sus frases. Los sentimientos de desolación y de tremendo dramatismo que expresa se hacen difíciles de expresar en palabras.

Encontramos un punto de inflexión un poco antes de la mitad de la obra. Ha desaparecido la fuerte tensión dramática, pasando a un estado mezcla de resignación y bienaventuranza. La música se dulcifica mediante amplias frases compuestas por elementos tonales. Se trata de la canción cantada por el alma, como su propio autor nos ha revelado. Momentos de tensión dramática interrumpen el desarrollo, pero son contestados por emotivas frases, en una especie de titánica lucha que llega a emocionarnos intensamente. Las frases agudas de la cuerda sobre el fondo marcado por los bajos, son muy expresivas. Una obra que debe ser analizada desde el corazón dejando a un lado las cuestiones técnicas. La sección final consiste en un extenso himno, que todavía es interrumpido brevemente por trágicas entradas de bruscos elementos atonales por parte del metal y percusión. Pero finalmente el elemento melódico consolador parece haber ganado la batalla. Una extensa coda nos produce un sentimiento de paz interior.

Pettersson construye su obra utilizando breves motivos mediante múltiples repeticiones que los desarrollan de un modo casi imperceptible, con lo cual nos cuenta una historia musical fácil de interpretar. Una obra que nos demuestra que la forma sinfonía no se termina con la Segunda Guerra Mundial, como algunos intelectuales musicólogos parecen decirnos. Después de escuchar esta obra podríamos considerar a Pettersson como un digno sucesor de los más grandes, de Mahler y de Shostakovich. Algún crítico lo ha calificado como el Shostakovich sueco.

En la ceremonia religiosa fúnebre celebrada en memoria de Pettersson, en los altavoces sonó parte de la séptima sinfonía en la interpretación de Antal Dorati, que parece ser la más emotiva. Pero su muerte pasó inadvertida no solo por las orquestas internacionales, sino hasta por la Filarmónica de Estocolmo, con la que había participado durante diez años.