PETTERSSON 9

La “Sinfonía Nº 9” fue compuesta en 1970 como resultado de un pedido para la celebración del 350 aniversario de la fundación de la ciudad de Göteborg. Se estrenó el 18 de febrero de 1971 interpretada por la Orquesta Sinfónica de Göteborg dirigida por Sergiu Comissiona, que en aquella época era su director titular. Una obra formada por un solo movimiento que dura unos 70 minutos, siendo el más extenso de su producción y también una de las obras más gigantescas de la literatura sinfónica.

Para poder realizar mejor su análisis, la grabación discográfica del sello CPO, divide el movimiento en 17 partes, que no deben ser consideradas como secciones sino como cortes clarificadores para su estudio. Comienza con una frase cromática interpretada por los fagots, violas y violoncellos que termina en una disonancia. Esto es como una indicación de que durante la obra se escucharán muchos pasajes de carácter disonante. Esta especie de tema se desarrollará mediante una dinámica de bloques, durante los cuales se repetirán ciertas estructuras cromáticas. Después de esta introducción profundamente atonal, el ambiente se va volviendo más agresivo, relajándose algo en la tercera parte llena de repeticiones frenéticas, que van aumentando su ritmo hasta su parcial resolución en forma de un pasaje polifónico que nos conduce a la cuarta parte.

Continúa su carácter atonal produciendo un estado de tensión dramática que parece detenerse en la quinta parte, más meditativa pero siguiendo los mismos principios tonales. La sexta parte empieza con varias escalas descendentes, volviendo a crear un clima obsesivo mediante frecuentes repeticiones de frases cromáticas acompañadas por la percusión. Esto nos lleva hacia un aterrador climax, como una especie de negra pesadilla, mediante la repetición de breves motivos. En la séptima parte la intervención del metal en fuertes frases, parece querer detener esta pesadilla.

La octava parte situada prácticamente en la mitad de la obra repite estructuras iniciales para luego entrar en un proceso menos agresivo que todo lo escuchado hasta ahora. Aparecen los inicios de frases melódicas tonales. La tensión vuelve a crecer hasta alcanzar un nuevo climax marcado por la percusión sobre frases repetidas con insistencia. Esto desemboca en una especie de ruptura quedando frases entrecortadas, que nos llevan mediante un nuevo climax a la novena parte. Una sección aparentemente más calmada pero que encierra también una gran tensión, que se va desarrollando obsesivamente. En la parte final aparece una especie de himno iniciado en parte por el metal, de una gran fuerza poética. Este himno es desarrollado por la cuerda en el inicio de la décima parte, encontrando una de estas típicas islas líricas. La madera lo repite en frases totalmente tonales. Los agudos de la flauta nos conducen a la onceava parte, mucho más atonal, regresando la tensión anterior, pero finalmente es detenida mediante un nuevo himno en una titánica lucha.

La doceava parte nos vuelve a presentar los tensos motivos iniciales, siguiendo de modo sosegado. La percusión nos conduce hasta la breve parte treceava en la que vuelve a resonar el himno, que desapareciendo gradualmente la tensión resuena en la parte catorce. La cuerda interviene en una sección donde los agudos empiezan una lucha con los graves. La percusión continúa con sus ritmos fúnebres terminando la sección con un sentimiento de desesperación. La parte quinceava parece querer ofrecer algún consuelo con sus figuras aéreas pero termina siendo arrastrado por la potente marcha fúnebre. En la parte 16 la marcha fúnebre acompañada por la percusión de manera muy expresiva domina totalmente la escena. Un triste himno, interpretado al unísono por los primeros violines y violoncellos, nos conducirá hasta la última parte. La música ha perdido totalmente su carácter agresivo, reduciéndose a un intenso canto expresivo de gran tristeza y dolor. Este canto nos conducirá hasta la coda, que termina la intensa obra con unos compases casi religiosos.

Con esta obra termina la parte central de la obra sinfónica de Pettersson que se ha iniciado con la sexta. Es la parte más apreciada por el público y en la que consigue llegar a la máxima expresividad. Esta sinfonía como en su momento fue la sexta, anuncia un nuevo cambio en el estilo de su autor, volviéndose más atonal.

La novena sinfonía es el fin de una etapa, en la que nos presenta el fuerte contraste entre los agresivos motivos atonales, que nos crean la gran tensión acumulada en la primera mitad de la obra, mostrando todo su dolor y feroz rabia frente a la vida y la miseria humana, para terminar de un modo que no podemos decir luminoso, pero con una especie de canto, quizás a la esperanza como parece indicar en la coda.

Pettersson utiliza todos los medios expresivos que tiene a su alcance en el momento de su composición, saliendo vencedor de la estrechez de miras de la llamada música moderna, prisionera de un determinado método estilístico. Cuando estudió el dodecafonismo con Leibowitz hubiera podido quedar prisionero del dogmatismo sectario que le ofrecía este tipo de música inhumana. Pero comprendió la maldad de la tendencia reaccionaria de aquellos años, que era contraria a toda evolución, encerrándola en un nuevo dogma.

Para terminar el comentario de esta obra reproducimos las palabras de una carta de Pettersson dirigida a su amigo Leif Aare y publicada en la revista Nutida Musik en 1968.

El desarrollo musical no se produce como resultado de los reverenciados Festivales de la Internationale Gellellschaft für Neue Musik, sino a través del alma del sencillo pueblo. La usual reacción humana anónima, contraria al snobismo y a la sobre especialización de los críticos, es una acción saludable, justificándose plenamente. El radicalismo actual no es verdadero, pues proviene de una situación empobrecida y estéril. Solo es un compromiso y lo que compromete es el gesto desesperado del amante fatigado, una asquerosa mueca.

La electrónica no es más que un sucedáneo para una evolución normal, que se ha colocado en una posición problemática. Pero este problema no puede solucionarse teniendo a los esnobs y críticos superespecializados declarando la quiebra de los medios de expresión, adquiridos trabajosamente a lo largo de la historia. Es el esnob quién habla sobre la gente y la música de nuestro tiempo. El hombre de hoy, es un niño que muere de hambre en cualquier parte de este planeta, en este mismo momento, y la música actual es el gemido de este niño en una masa de buitres carroñeros. Este es el mundo que ha hecho el hombre adulto, una deformada humanidad de carne y grasa.

En el mes de octubre de 1970 Pettersson ingresa en el Karolinska Hospital de Estocolmo para ser tratado de una afección renal que complicaba todavía más su precaria salud. Allí permanecerá hasta el mes de junio de 1971, llegando a los mismos umbrales de la muerte.