Armando Guevara Ochoa (1926-2013) nació en Cusco el 17 de febrero de 1926. Hijo del médico Domingo Guevara y Yáñez y de Elvira Ochoa de Guevara. Desde muy niño demostró su afición por la música, talento que fue cultivado gracias al apoyo de su madre, que era pianista, y del compositor cuzqueño Roberto Ojeda Campana.
El 8 de mayo de 1937, con 11 años de edad, realizó su primera presentación pública en el Teatro Municipal en el día de la Madre, interpretando al violín las piezas musicales: Berceuse de Jocelym, Minuetto de Beethoven y A mi madre, acompañado por el maestro Roberto Carpio.
Realizó sus estudios musicales en el Conservatorio Nacional de Música de Lima, donde se formó como violinista, compositor y director. Posteriormente amplió su preparación en el extranjero, especialmente en Francia, donde entró en contacto con corrientes estéticas del siglo XX y con técnicas modernas de composición y orquestación.
Viajó luego a los Estados Unidos, donde estudió en el Conservatorio de New England, en Boston, y en otras instituciones.
Entre sus primeras composiciones están: A mi madre (yaraví y huayno), Larco Herrera, Elvia, Andes (huaynos), Angélica y Victoria (valses) y Romanza (melodía), cuyas partituras fueron publicadas por la Editorial Musical Maldonado y por La Rosa Hermanos de Lima.
Actuó en diversos escenarios internacionales, como el Carnegie Hall de Nueva York, donde estrenó su «Poema Sinfónico» el 16 de abril de 1951, y en el Canning House de Londres, estrenando «Partitura Peruana». También realizó presentaciones en el Palacio de Bellas Artes de México, el Royal Albert Hall de Londres, la Sala Tchaikovski de Moscú, el Teatro Imperial de Roma, Symphony Hall de Boston, el Palacio de las Nacionalidades de Pekín y el Teatro de Shanghái, entre otros.
Fue director de la Banda de la Guardia Civil y de la Orquesta Sinfónica de la Policía Nacional, así como asesor de la Banda Sinfónica de la Universidad Ricardo Palma.
Su catálogo comprende música sinfónica, obras concertantes, música de cámara, repertorio coral y vocal, así como piezas para instrumentos solistas. Dentro de su producción orquestal destacan poemas sinfónicos y suites de inspiración histórica, mítica o paisajística, en las que la música adquiere con frecuencia un carácter ceremonial y evocador. Asimismo, desarrolló una importante producción vocal, con ciclos y cantatas basadas en textos en castellano y quechua.
Paralelamente a su labor creativa, Armando Guevara Ochoa desempeñó una intensa actividad pedagógica e institucional. Fue profesor y promotor cultural, y ejerció cargos de responsabilidad en organismos musicales del Estado peruano. Desde estas funciones defendió activamente la legitimidad de las culturas originarias como fuente de creación dentro de la música académica, contribuyendo a la formación de varias generaciones de músicos.
A lo largo de su trayectoria recibió numerosos reconocimientos, entre ellos el Premio Nacional de Cultura del Perú, y su música fue interpretada en América y Europa. Falleció en Lima el 14 de enero de 2013, dejando un legado fundamental para la comprensión de la música académica peruana del siglo XX y del diálogo entre modernidad compositiva e identidad cultural andina. Su cuerpo fue incinerado y sus cenizas esparcidas en el río Vilcanota.
Desde sus primeras obras, Guevara Ochoa mostró un interés constante por el universo simbólico y sonoro andino, concebido no como material decorativo, sino como fundamento estético. Escalas pentatónicas, modalidades pretonales, ritmos de origen indígena, procedimientos heterofónicos y una concepción ritual del tiempo musical constituyen elementos recurrentes de su lenguaje. Estos recursos se integran con técnicas contemporáneas como el contrapunto moderno, la politonalidad ocasional y una refinada exploración del color orquestal.
Armando Guevara Ochoa fue uno de los compositores peruanos más representativos del siglo XX y una figura central del indigenismo musical de orientación moderna. Su obra se caracteriza por la integración profunda y estructural de elementos de la tradición musical andina, especialmente del ámbito quechua, dentro de un lenguaje académico contemporáneo, alejándose tanto del folklorismo superficial como de la mera cita temática.
Compuso más de 400 obras musicales, entre obras orquestales, conciertos, obras corales, canciones, música de cámara, ballet, danzas folklóricas y populares. Su música tiene profundas raíces andinas.
Según algunos listados de sinfonías se atribuyen a Guevara Ochoa siete sinfonías no numeradas. Son las sinfonías tituladas, «Sinfonía de los Andes», «Sinfonía Urpillay», «Sinfonía Junín y Ayacucho», «Sinfonía Túpac Amaru», «Sinfonía a Ricardo Palma», «Sinfonía a Cáceres» y «Sinfonía a Miguel Grau»
La atribución de sinfonías a Armando Guevara Ochoa plantea un problema terminológico y documental que requiere una lectura crítica. Aunque en programas de concierto, reseñas periodísticas y listados divulgativos aparece ocasionalmente mencionado como autor de varias “sinfonías”, no existe hasta la fecha una confirmación musicológica sólida que permita afirmar la existencia de sinfonías formalmente concebidas según el modelo sinfónico clásico o moderno.
Las fuentes primarias accesibles, partituras conservadas, catálogos institucionales y testimonios de intérpretes, indican que Guevara Ochoa desarrolló preferentemente formas orquestales libres, como poemas sinfónicos, suites y obras vocal-sinfónicas, en las que el contenido simbólico, histórico o ritual prima sobre la arquitectura formal tradicional de la sinfonía. En este contexto, el término “sinfonía” parece haber sido empleado con frecuencia de manera honorífica o genérica, especialmente en conciertos conmemorativos de carácter cívico o patriótico, más que como designación precisa de un género musical.
Desde el punto de vista estético, esta ambigüedad no debe interpretarse como una carencia, sino como una manifestación coherente de su pensamiento musical. Guevara Ochoa concibió la gran forma orquestal no como desarrollo abstracto de temas, sino como acto ceremonial y evocador, cercano a la noción de ritual sonoro andino. Su música se articula a través de bloques texturales, procesos de acumulación rítmica y una temporalidad cíclica, rasgos que se sitúan deliberadamente al margen del paradigma sinfónico europeo.
En consecuencia, resulta metodológicamente más riguroso describir a Armando Guevara Ochoa como compositor de obras orquestales y vocal-sinfónicas de forma libre, antes que como sinfonista en sentido estricto. Esta precisión terminológica no solo contribuye a una mejor comprensión de su obra, sino que evita distorsiones en la historiografía de la música peruana del siglo XX, especialmente en el estudio del desarrollo del género sinfónico en el país.
Por otra parte, como esta historia de la sinfonía toma el término en su sentido amplio, describiremos de forma breve cada una de las siete sinfonías, algunas que se pueden escuchar, de una forma más completa. Con ello ofrecemos al lector una serie de datos que aumentarán el conocimiento de la música del compositor. Según nuestro criterio personal siempre es mejor proporcionar el máximo de información dentro de nuestras posibilidades.
La «Sinfonía de los Andes» fue compuesta en 1960. Téngase en cuenta que todas las fechas de composición dadas de estas sinfonías son aproximadas. Es una obra de exaltación del mundo andino. Su paisaje, mitología, ritmos y canto indígena. No es una sinfonía abstracta, sino programática y nacionalista, muy cercana al poema sinfónico en su concepción. Representa el ideario indigenista maduro del compositor.
La «Sinfonía Junín y Ayacucho» compuesta en 1974 para la conmemoración de las batallas decisivas de la independencia del Perú en 1824. Obtuvo el segundo premio en el concurso convocado para celebrar el sesquicentenario de la independencia. La obra tiene un fuerte carácter heroico-épico, con secciones contrastantes que evocan marcha, combate, lamento y triunfo. Es claramente una sinfonía histórico-patriótica.[1]
El primer movimiento, Batalla de Junín, está escrito en forma de poema sinfónico. Notas marciales y empleo de la percusión introducen el carácter heroico. Marchas militares se unen a danzas folclóricas peruanas. Llamadas de trompetas nos conducen a las luchas de la batalla. Un himno patriótico nos transporta a una coda combinada con disonancias.
El segundo movimiento, Batalla de Ayacucho, empieza en forma de adagio con señales de lamento y la incorporación de notas del himno nacional peruano. Llamadas de trompeta, disonancias, momentos melódicos, configuran la música descriptiva. Los temas épicos contrastan mediante sus disonancias, con temas claramente cantabiles. Termina con un himno a la esperanza.
La «Sinfonía a la Gloria de Grau» (Plegaria al Caballero de los Mares) compuesta en 1975 es un homenaje a Miguel Grau, héroe máximo de la Guerra del Pacífico. El contenido es elegíaco y solemne, con momentos de dramatismo y nobleza moral. Es más cercana a una sinfonía-cantata sin voces, de carácter conmemorativo.
Miguel Grau Seminario (1834-1879) fue un destacado marino y político peruano, máximo héroe naval del Perú, conocido como el «Caballero de los Mares» por su honor y humanidad durante la Guerra del Pacífico. Comandando el monitor Huáscar, Grau defendió el litoral peruano con valentía estratégica, destacando por rescatar a náufragos chilenos tras el combate de Iquique. Falleció en el Combate de Angamos el 8 de octubre de 1879.
La guerra del Pacífico fue un conflicto armado ocurrido entre 1879 y 1884 que enfrentó a Chile y a los aliados Bolivia y Perú. Se desarrolló en el océano Pacífico, en el desierto de Atacama y en las serranías y valles peruanos. En la historiografía peruana, también se le conoce como guerra del Guano y del Salitre o guerra del Salitre.
Grau recibió el apodo El Caballero de los Mares tras el combate naval de Iquique, el 21 de mayo de 1879, donde, tras vencer a la corbeta chilena Esmeralda, ordenó salvar a los supervivientes y devolvió las pertenencias personales del capitán enemigo Arturo Prat a su viuda, demostrando una nobleza excepcional.
Al mando del monitor Huáscar, un buque torreta o sea un pequeño acorazado, Grau realizó una valiente campaña en el sur peruano y litoral boliviano, manteniendo en jaque a la escuadra chilena, superior en armamento y número, durante meses. En el combate de Angamos, el 8 de octubre de 1879, enfrentando a fuerzas chilenas superiores, el Huáscar fue rodeado. Grau murió instantáneamente por un proyectil enemigo en la torre de mando.
La sinfonía consiste en un pequeño poema sinfónico de carácter elegíaco, precedido por un recitativo hablado sin acompañamiento relatando los méritos del marino. Un solo de violín inicia una melodía elegíaca que pasa a las cuerdas de la orquesta Una serie de disonancias nos llevan a momentos llenos de dramatismo y de recogimiento expresivo. Continúa con una especie de marcha fúnebre. El violín solista añade instantes de reflexión a un himno épico que cierra la obra con recogimiento.
La «Sinfonía Ricardo Palma» fue compuesta en 1976. Una obra de carácter programático. Una evocación musical del escritor peruano y del universo de las Tradiciones peruanas. No sigue un argumento narrativo concreto, sino que sugiere ambientes, ironía, lirismo y color local. Es la más literaria de sus sinfonías.
Ricardo Palma (1833-1919) fue un influyente escritor, periodista y político peruano, figura clave del siglo XIX, famoso por sus «Tradiciones peruanas» que narran la historia y costumbres del Perú con ingenio y humor, además de cultivar casi todos los géneros literarios y ser recordado como el «Bibliotecario Mendigo» por su labor reconstruyendo la Biblioteca Nacional tras la Guerra del Pacífico.
La «Sinfonía Túpac Amaru» fue compuesta en 1984. Inspirada en la figura de Túpac Amaru II, símbolo de rebelión indígena y justicia social. Utiliza un lenguaje dramático, tenso, con fuerte carga simbólica y expresiva. Una de las obras más ideológicamente comprometidas del compositor.
Fue escrita en 1984, aunque algunas fuentes citan una versión o registro de 1980. Incluye la participación de un narrador y solista, integrando elementos de la música académica con temas históricos y patrióticos del Perú.
En noviembre de 2025, la Orquesta Sinfónica del Cusco interpretó la obra tras la recuperación de un libro de partituras históricas que se encontraba en el Archivo de la Municipalidad del Cusco.
La sinfonía refleja el estilo «neo-indigenista» de Guevara Ochoa, quien buscaba elevar las melodías populares y tradicionales andinas, como el harawi y el huayno, a un lenguaje sinfónico sofisticado sin recurrir a técnicas de vanguardia occidentales.
Túpac Amaru II (1738 – 1781) cuyo nombre, en quechua significa «serpiente resplandeciente», nacido como José Gabriel Condorcanqui, fue un curaca, o sea cacique, de ascendencia inca que lideró la «Gran Rebelión», que comenzó el 4 de noviembre de 1780 en Tinta, Cusco, como protesta por los abusos de los corregidores, el sistema de la mita, el trabajo obligatorio en las minas, y los impuestos excesivos. Fue acompañado en el mando por su esposa, Micaela Bastidas.
Fue el primero en América en decretar la abolición de la esclavitud negra. Tras ser traicionado, fue capturado y ejecutado brutalmente el 18 de mayo de 1781 en Cusco junto con su mujer, condenada a garrote. Intentaron descuartizarlo usando caballos, pero al no lograrlo, fue decapitado y sus partes enviadas a distintas provincias como advertencia.
La «Sinfonía al Brujo de los Andes» (A la Gloria del Mariscal Cáceres) fue compuesta en 1994. Poema sinfónico con un doble eje sinfónico. El Brujo de los Andes es una referencia al conocimiento ancestral andino. Por otra parte, Andrés Avelino Cáceres fue un héroe de la resistencia peruana.
Una sinfonía de tono épico-ritual, donde lo histórico y lo mítico se funden. Andrés Avelino Cáceres Dorregaray (1836–1923) fue un militar y político peruano, considerado uno de los máximos héroes nacionales, por liderar la resistencia en la sierra central durante la Guerra del Pacífico. Recibió el apodo del Brujo de los Andes del ejército chileno, debido a su asombrosa habilidad para aparecer y desaparecer en la difícil geografía andina, utilizando tácticas de guerrilla y engaños estratégicos.
Tras la caída de Lima, en la campaña de la Breña, organizó a campesinos y comuneros en un ejército de resistencia que mantuvo en jaque a las fuerzas de ocupación durante más de dos años (1881-1883). Al ser quechua hablante y de origen ayacuchano, logró una conexión profunda con las poblaciones indígenas, quienes lo llamaban cariñosamente «Taita» (padre).
Ocupó la presidencia de la República en tres periodos, aunque históricamente se destacan dos mandatos principales (1886-1890 y 1894-1895). Su gestión inicial fue clave para la Reconstrucción Nacional tras la guerra. Fue reconocido con el máximo honor de Gran Mariscal del Perú en 1919. Cáceres falleció el 10 de octubre de 1923 en Ancón, dejando un legado como símbolo de patriotismo y resistencia inquebrantable.
La «Sinfonía Urpillay» fue compuesta en 1999, siendo el último trabajo que hizo el maestro. En realidad es un poema sinfónico dedicado «A la Paz y la Hermandad por siempre entre Perú y Ecuador», como se puede leer en la portada de la partitura.
El Acuerdo de Paz entre Perú y Ecuador, conocido como el Acta de Brasilia o Tratado Fujimori-Mahuad, firmado el 26 de octubre de 1998, puso fin a más de 170 años de disputas territoriales y conflictos, siendo el último la Guerra del Cenepa (1995). Este acuerdo consolidó la frontera definitiva y transformó la relación en una alianza estratégica de cooperación. Se cerró el último tramo de 78 km de frontera en la Cordillera del Cóndor, basándose en la línea establecida en el Protocolo de Río de Janeiro de 1942.
Urpillay es una expresión de cariño, usada en la zona andina central de Sudamérica. La palabra es de origen quechua, siendo la clave poética de la obra. En quechua, urpi significa paloma o tórtola. Urpillay es un diminutivo afectivo “palomita”, “palomita querida”. En la cosmovisión andina, la paloma no es un simple animal. Es el símbolo de amor fiel, mensajera entre personas separadas, imagen de nostalgia, ausencia y deseo, ave asociada a la voz femenina y al canto suave. También es símbolo de la paz.
La obra está dividida en cuatro movimientos, Siendo la obra que más se aproxima a una sinfonía programática. Solamente se ha encontrado una grabación del último movimiento.
El primer movimiento, Yaraví, es la sección lenta, basada en la canción folclórica popular.
El segundo movimiento, Preludio y Danzas Populares, es de carácter rápido y rítmico, basado en las danzas folclóricas peruanas.
El tercer movimiento, Cadenza y Llamada de Pututos, se refiere al toque o llamada realizada con el pututu, un instrumento ancestral andino. Un pututu es una trompeta natural, tradicionalmente hecha de caracola marina, aunque también de cuerno o cerámica, usada desde tiempos prehispánicos en los Andes.
En Urpillay la “llamada de pututus” tiene un sentido claramente evocador y simbólico, muy coherente con el universo andino que recorre toda la obra. La llamada de pututus funciona como una apertura ceremonial. Es una invocación inicial, casi ritual, que sitúa al oyente en un espacio andino arcaico. No es música “narrativa” todavía, sino llamada, anuncio, umbral sonoro.
El pututu no representa a un individuo, sino a la comunidad o al mundo ancestral. En ese sentido, la llamada: convoca, despierta, establece un vínculo entre naturaleza, hombres y mundo espiritual.
El sonido grave, sostenido y lejano del pututu evoca la cordillera, los espacios abiertos, la presencia tutelar de los apus (montañas sagradas). No “describe” una escena concreta, sino que sacraliza el espacio en el que luego aparecerán los demás elementos musicales.
Guevara Ochoa no usa necesariamente el pututu real, sino sugiere su timbre mediante metales graves, notas largas, intervalos abiertos (cuartas, quintas), textura austera y solemne. Esto enlaza con su estilo indigenista sinfónico, más simbólico que pintoresquista.
Dentro del ciclo de Urpillay, la llamada de pututus prepara el terreno espiritual, contrasta con las secciones más líricas o danzables, como Valicha y refuerza la idea de tradición ancestral frente a lo humano y cotidiano.
El cuarto movimiento, Valicha, consiste en una fantasía sobre este tema, estableciendo una relación simbólica entre Valicha y las palomas. No es originalmente una composición de Armando Guevara Ochoa, sino una canción tradicional andina, un huayno, muy popular especialmente en Cusco.
La pieza fue escrita en 1945 por el músico cusqueño Miguel Ángel Hurtado Delgado (1922-1951). La melodía de Valicha proviene de una composición anterior titulada “Tusuy” (quechua: “Baile”), creada alrededor de 1942, y luego se le añadieron letras en quechua que la hicieron famosa.
La canción está inspirada en la historia de amor entre Miguel Ángel Hurtado y una joven campesina llamada Valeriana Huillca Condori, cuyo apodo era Valicha. Aunque existen variantes de la letra, algunas más románticas y otras con matices de crítica, el tema originalmente gira en torno al romance entre un joven varón y una joven campesina. La incertidumbre y nostalgia amorosa sobre dónde estará Valicha tras haberse separado (¿dónde estarás?). Así, Valicha pasó de ser una canción regional a uno de los huaynos más emblemáticos del repertorio musical andino, interpretado en muchas festividades y por numerosos artistas peruanos.
Armando Guevara Ochoa, escribió una “Fantasía Valicha” basada en esta melodía popular, lo que es común en compositores académicos que toman motivos folclóricos para transformarlos en obras de concierto. En la Sinfonía Urpillay deja de ser una persona histórica pasando a representar la figura femenina idealizada, que se asocia a la urpi, la paloma andina. Es decir amor recordado, amor que vuela, amor que se pierde.
El tema de Valicha: suele ser cantabile, en registros medios o agudos, con instrumentación ligera, maderas, cuerdas en divisi, con un carácter nostálgico, no festivo. Esto refuerza la imagen. No es el huayno de baile, es el huayno interiorizado, contemplativo.
En la Sinfonía Urpillay, la paloma no es un programa literal, es un símbolo poético estructural. La obra se mueve entre: lo ritual, lo lírico, lo elegíaco y Valicha funciona como eje emocional dentro de ese arco.
El poema sinfónico «Vilcanota» es una alegoría a las magníficas y elegantes montañas de la cordillera de Vilcanota localizadas al suroeste de la ciudad del Cusco, la antigua capital del Imperio Inca. La alegre melodía evoca un ambiente festivo, simbolizando la vida feliz de los residentes locales. Es la pieza orquestal más difundida del compositor. Evocación simbólica del río Vilcanota–Urubamba, concebida como una sucesión de bloques sonoros rituales. Uso característico de modalidad andina, ostinati rítmicos y color orquestal denso, con especial protagonismo de la percusión.
«Kukuli» es un poema sinfónico derivado de la música incidental para el film peruano del mismo nombre y hablado en quechua, estrenado en 1961, basado en el célebre mito andino de Kukuli. La música combina episodios narrativos, danzas rituales y secciones de gran carga simbólica. Se interpreta tanto como música escénica como en versiones orquestales independientes.
Narra y dramatiza la leyenda andina del “oso raptor”, figura del imaginario mitológico, combinando tradición oral, rituales, lenguaje quechua y narración en off en español.
La película gira alrededor de una joven pastora que va a la fiesta de la Mamacha Carmen, en el pueblo de Paucartambo, y en el trayecto es seducida por Alako, un campesino de la zona, con quien entra en convivencia, y luego es tomada a la fuerza por el Ukuku, oso raptor de jóvenes bonitas, que posteriormente es muerto tras el trágico fin de la protagonista.
La música se caracteriza por Integración de elementos de la tradición musical andina, melodías y ritmos inspirados en la tradición oral y folclórica de los Andes, pero tratados desde una escritura sinfónica. acompaña y potencia el relato narrativo, adaptándose a momentos dramáticos, festivos, rituales o contemplativos.
«María Angola» es un poema sinfónico, inspirado en la tradición y el imaginario colonial-andino. De carácter evocador y ceremonial. María Angola aparece en varias fuentes como una pieza para voz y piano dentro de un conjunto de canciones compuestas en 1948, junto con otras como Lamento Andino, Ecos de la Cordillera o Cusco Querido y también existe una versión para coro a cappella fechada en 1965.
Esta pieza forma parte del interés de Guevara Ochoa por integrar elementos de la tradición andina dentro de estructuras de música académica occidental, algo característica de una parte de su obra vocal y coral además de su producción sinfónica y cinematográfica.
El «Huayno sinfónico» no se trata de un arreglo folklórico, sino de una reelaboración sinfónica del género, integrado en un discurso formal moderno. Además Guevara Ochoa compuso el ballet ”El último de los Incas” (1947) y el «Concierto para violín y orquesta» (1948).
